por Maria Virginia Arellano
“¿Y si no?”
A veces esa pregunta aparece antes de probar algo nuevo.
Antes incluso de abrir la boca.
Un bocado de sushi, unos pasitos de tango, un punto en un bordado.
Y muchas veces, ni siquiera es una medida propia.
Mi mamá descubrió eso hace años, en su cocina.
Cuando se casó, no sabía cocinar.
Y mi papá, fanático de la famosa pizza de Don Luis en Córdoba, tenía una referencia bastante exigente.
La comparación aparecía seguido:
la masa,
el sabor,
el punto exacto.
Hasta que un día mi mamá respondió con una frase inolvidable:
“Yo no cocino como Don Luis, pero Don Luis no sabe filosofía como yo”.
(Mi mamá fue parte de las primeras promociones de Filosofía en la Universidad Nacional de Córdoba.)
Y con esa frase cambió algo importante:
dejó de jugar un juego donde siempre parecía correr desde atrás.
Con el tiempo aprendió a cocinar cada vez mejor.
A su manera.
Con paciencia.
Con experiencia.
Con humor también.
Y cada vez que recuerdo esa escena, pienso en todas las mujeres que llegan al canto sintiendo que otras tienen “mejor voz”, más facilidad o más experiencia.
Entonces aparece la comparación.
Y detrás de la comparación, el silencio.”Mejor me callo”
Imaginamos que cantar es para…
las que empezaron desde niñas,
las que estudiaron música,
las que se muestran sin vergüenza,
las que parecen seguras todo el tiempo.
Y se quedan esperando.
Como un poste en la esquina.
Cuando aparece un espacio amable para compartir el canto:
La presión baja.
La curiosidad explota como pirotecnia.
Y cantar deja de sentirse como una prueba para convertirse en experiencia.
Y poco a poco empiezan a disfrutar algo que antes parecía lejano.
Porque la voz también cambia cuando cambia la manera de mirarse.
Cuando no se trata de parecerse a nadie.
Cuando dejas de compararte.
Cuando Don Luis hace lo suyo y tú lo tuyo
Y la próxima semana quiero hablarte justamente de eso:
de esos sueños que muchas mujeres siguen postergando…
Hora de darse permiso!!